lunes, 28 de septiembre de 2020

PROGRAMACIÓN DE LA ATÍPICA FERIA DE SAN MIGUEL DE ÚBEDA 2020

 


Para todos los que lo deseen, aquí comparto el programa de feria que he confeccionado para mi archivo particular. No quería dejar pasar por alto esta atípica feria sin tener la posibilidad de guardar, junto con todos los de su especie, el programa correspondiente a la Feria de San Miguel 2020, marcada por la pandemia. 











MIS RECUERDOS DEL MES DE SEPTIEMBRE

 

SEPTIEMBRE

Este mes se aferraba en ser la continuación del verano y aunque las horas de luz se iban acortando y algunas tormentas hacían acto de presencia, todavía quedaban vestigios del buen tiempo que tanto me gustaba, porque los primeros días seguían siendo una prolongación de la época estival y la escuela no arrancaba en serio hasta después de la feria, que para mí y todos los chiquillos, era la fiesta más esperada de todo el año.

LA VERBENA DE LA VIRGEN

La verbena de mi calle sólo la recuerdo muy remotamente en los primeros años de esta década. En una hornacina y en la esquina de la casa que había frente a la que yo nací había, y hay, una pequeña imagen de la Virgen María. En honor a su festividad el Santo Nombre de María o Dulcenombre de María, se celebraba cada 12 de septiembre una verbena. Todos los vecinos del ese tramo de calle participaban de alguna manera dando realce a la misma, colocando banderines de tela de balcón a balcón y sacando macetas a la puerta de la calle. Esta imagen tenía su cuidadora especial que se llamaba Isabel Jiménez, mujer muy devota a la que todos conocían como Isabelilla. Ella ejercía de camarera y también la que adecentaba de vez en cuando la pequeña hornacina. Pero era en septiembre cuando se volcaba mucho más, convirtiendo aquella pequeña capillita en todo un altar repleto de flores que llevaban los vecinos. Durante su día y la víspera, la reja que la guardaba permanecía abierta y como algo especial, se colocaba delante un altar y se le ponía una bombilla con mucha más potencia de la habitual que iluminaba la noche como un ascua de oro. Algunos vecinos que no llegaban hasta la verbena, sacaban sus sillas a la puerta de la calle y allí se convidaban a cuerva acompañada de alguna berenjena. A Juan Pedro Gallego “Telaraña”, el que ejerciera de mi abuelo, le llamaban el alcalde del barrio porque aportaba algo más a la causa y también ponía una bombilla extra encima de su balcón para dar más luz a la zona. Recuerdo ver en las cámaras de su casa, las banderitas ajadas por el tiempo confeccionadas con retales de telas multicolores, adheridas a largas y enmarañadas cuerdas. A comienzo de esta década (1961-1962) desapareció la verbena, e Isabelilla en ese día de septiembre, sólo engalanaba la Virgen y su hornacina, también mantenía encendida la bombilla “gorda”. Hace poco tiempo, unos nuevos propietarios de la casa donde se ubica la imagen, quisieron rescatar esta tradición y la mantuvieron durante varios años para el recuerdo romántico de los más viejos del lugar. En cuanto a la antigüedad de la capilla sabemos, por Juan Ramón Martínez Elvira, que ya existía en 1702, por lo que suponemos que estaba erigida -cuanto menos- a finales del siglo XVII.  



LA FERIA EN LA ESTACIÓN

La celebración oficial de la festividad San Miguel en la feria de los años 60 se limitaba a una misa en Los Frailes y así se ha mantenido durante muchos años hasta la aparición del grupo parroquial que en su día impulsó Eduardo Jiménez Torres “Zorrica” y que saca en procesión al patrón desde el año 2001. La feria, durante la década que estoy recordando, tuvo su enclave en lo que iba a ser en su día la nueva estación del tranvía, aunque por avatares del destino quedó siendo la estación de autobuses y en la actualidad aún continúa allí. Dentro de la edificación y a mediados de los 60 (1966-1967) se montó un parque y rio artificial con ciervos incluidos a iniciativas de la Compañía Sevillana de Electricidad en colaboración con la Jefatura Provincial de Montes, dando vida a la Feria de la Electricidad. Aquello fue un atractivo que recuerdan todos los que lo vivieron. Bajo el mismo techo se ubicaba la caseta municipal. En 1960, y esto no lo viví pero me lo han contado, en los bailes de esta caseta popular, cada día se elegía a la “Guapa” de un barrio y curiosamente uno de esos días le tocó a la representante del “Barrio de la Fuente de las Risas” ¡Qué categoría! A su alrededor se montaban las demás casetas, los carruseles y el teatro Chino de Manolita Chen, que llamaba nuestra atención pero sin saber qué espectáculo se ofrecía en su interior. Aparte de los perdurables coches de choque, estaban las Cunicas de Sánchez, las Olas de Vico, las Volaoras, los Aviones-torpedo, la Barca, el Látigo, el Baby Maribel, Baby Gaitán, etc.,… Había otras atracciones como la Casa de los Espejos, La Petite Terín, La Mujer serpiente y las tómbolas como la de Cristóbal con su regalo de ¡Balón, balón, balón y balón! o la de Las Muñecas con su premio especial de ¡Una Muñequita andadora! En el entorno, se ubicaban los bares, churrerías y varios puestos, algunos exponiendo una novedosa golosina como era la manzana envuelta en caramelo rojo y en algún rincón o esquina, un hombre o mujer vendiendo berenjenas de Almagro que tenía dentro de una orza. Y otros tenderetes que vendían marisco con montones de camarones, cangrejos y gambas muy rojizas, sobre hules de plástico blanco. Frente a la estación se instalaban otras casetas de baile, como la del Club Diana e incluso de la Cruz Roja, porque la del Club 61 la instalaban en el edificio de Falange. Detrás de la Colonia del Carmen (antes de convertirse en la calle Granada) montaban el circo Arriola pero a él nunca me llevaron mis padres; nos conformábamos con ver por detrás las jaulas de las fieras y comprobar el pestazo que desprendían. En esta década se impulsaron varias actividades que ya han desaparecido, como el Concurso de Hípica en el Campo General Nogueras Márquez, desde 1967; las carreras pedestres, las carreras ciclistas y también unas curiosas carreras de camareros. Las tiradas de Pichón y Plato, las representaciones teatrales y sobre todo las corridas de toros, tenían su cita anual en estas fechas, despuntando por este tiempo nuestro torero más destacado, Antonio Millán Díaz “Carnicerito de Úbeda”. La feria de ganado estaba por entonces ubicada en la calle San Marcos e inmediaciones y pocos años después la trasladaron a la parte norte, junto a la carretera de Circunvalación y calle Carolina. Ponía el broche final la Gran Traca que, junto al Castillo de fuegos artificiales del día de San Miguel, eran los dos espectáculos pirotécnicos que en aquellos años se hacían.  

JASA

domingo, 27 de septiembre de 2020

MIS RECUERDOS DEL MES DE AGOSTO

 

AGOSTO

El calor pesaba como una losa aunque a la chiquillería eso nos importaba poco. Estábamos en el ecuador de los cines de verano, los baños en barrenos, los polos de limón y la calle, siempre la calle, donde desarrollábamos y dábamos rienda suelta a nuestra imaginación. Mientras tanto, los carros tirados por bestias repletos de paja, dejaban su rubia carga en las puertas de las casas de los campesinos, que eran la mayoría.

LOS CARROS DE LA PAJA

Era agosto el mes más temido en mi casa por una circunstancia que se repetía todos los años, como era el almacenamiento de la paja para el ganado. De las eras del Cerro de la Horca salía la paja y el bálago para los animales de cuadra, principalmente para las cabras y las bestias de carga como los mulos o los burros. Este alimento, que era transportado a granel en carros con unas grandes redes que lo embolsaban a ambos lados y también descolgaba por la parte trasera, llegaba al domicilio del ganadero o agricultor y era descargado en la puerta de la calle. Los que sólo disponían de animales de labor, con un carro tenían suficiente para todo el año, pero los que también tenían ganado, debían almacenar al menos tres o cuatro portes. La mayoría de las casas de mi barrio estaban acondicionadas para el almacenaje que se hacía en las cámaras. Para subir la paja a esa segunda planta, se empleaban espuertas, bien de esparto o de goma que se asían con unos ganchos de hierro y por medio de una soga y una carrucha se depositaba en la zona de la casa que se encontraba bajo las cubiertas de los tejados. Para su consumo diario, o bien se bajaba en sacos o espuertas, o se utilizaban unas toberas que muchas viviendas todavía tenían y por ellas caía hasta la planta baja.

Casi siempre era en plena siesta y cuando más calor hacía, cuando aparecía el “Chato Ruedas” con el carro de la paja. No entendía el porqué algunos vecinos siempre exclamaban la misma frase: ¡Venga, a entrar la paja con la fresquita! No llegaba a entender cómo a 40º grados era la fresquita. Con el paso de los años comprendí que aquella frase era pura ironía. En esa tarea los chiquillos desempeñábamos una importante función aunque de manera irregular, pero nos implicábamos, máxime cuando nuestro esfuerzo tenía como recompensa una entrada para el cine. En ocasiones, se invitaban a otros chavales de la vecindad para que echaran una mano, previo pago de unas pesetas que serían también para ir al cine de la Cava. En mi casa había un premio añadido, como era el baño reconfortante en unos barreños llenos con agua del pozo que llevaban todo el día calentándose al sol; era nuestra piscina particular en la que -incluso- buceábamos. Con el paso de los años y la mecanización, la paja y la alfalfa venía empacada y era mucho más fácil de transportar y almacenar, aunque bastante más pesada.



EL CINE DE LA CAVA

Al mencionar el cine de la Cava, lo primero que viene a mi recuerdo y al de muchos de la época, es el aroma que desprendían las altas y frondosas matas de dompedros que había en el pasillo de acceso a él. Está claro que por la cercanía, éste era nuestro cine, el más fresquito de todos pero el que antes echaba el telón cuando comenzaba a cambiar el tiempo. Durante toda la temporada cinematográfica, se ponía en la puerta del salón de verano Agustín Poisón “Pirulín” con su carrillo de chucherías, todas iluminadas por una bombilla que colgaba por encima. Enfrente de éste y al lado de la taquilla, había un bar sin mucha clientela que regentaba Alfonso Dueñas al que los mayores conocían por “el Brujo”. En la pared y junto al portón de madera pintado de verde, había colgados algunos cartelones donde aparecían una docena de fotogramas en color de la película anunciada e incluso de otras proyecciones próximas.

No era mi padre mucho de pagarnos una gaseosa en el ambigú, por lo que siempre llevaba una botella de agua y con eso “Íbamos que chutábamos”. Recuerdo muchos títulos de aquellos años 60, pero los que más nos atraían a los chiquillos de entonces eran las de aventuras, sobre todo las del Oeste siendo “La Muerte tenía un precio” la estrella, las de romanos, destacando para mí la saga de “Los 10 Gladiadores” y la saga de “Fumanchú” que a la sazón fueron con las que tuve mis primeras pesadillas. Si nos gustaban mucho decíamos ¡Vaya peliculón! y si nos aburríamos ¡Esto es un pastelazo! Las que tenían buena carta de presentación, eran aquéllas en que aparecía al principio un león rugiendo. He de reconocer que había otros títulos más atractivos para las féminas, chiquillas o mociquillas, como “Sisi”, “Mary Poppins”, “Sonrisas y Lágrimas” o las que protagonizaba Marisol. No había función en la que no llamara nuestra atención el paso por el firmamento estrellado de una estrella fugaz en una décima de segundo.

En mitad de la proyección, siempre se hacía un descanso para que se consumiera en el ambigú o se fuera al servicio. En este intermedio había una banda sonora que nos acompañó durante muchos veranos, como eran las canciones “Pepa Bandera” y Paco, Paco, Paco” de Encarnita Polo, “Juanita Banana” de Luis Aguilé, “La Felicidad” de Palito Ortega o “María Isabel” de Los Payos. Mientras tanto, los chiquillos aprovechábamos para correr como los indios delante de la pantalla levantando una gran polvareda de la tierra y la gravilla suelta del suelo que no era del agrado de los mayores. Al decir esto, muchos que vivieron estos años, se habrán percatado de que no íbamos a Preferencia, sino a General que era más barato y las sillas eran de hierro y otras de enea, mientas que la zona más cara las tenía de madera y más nuevas.

Al regresar a nuestra casa y en unos cambrones que asomaban por el bardal de la “Chuminica”, habitaban unos gusanos con luz que casi nunca pudimos atrapar y cuando cogíamos alguno, para sorpresa nuestra ya no se encendían. Recuerdo a mi padre, cuando el tiempo refrescaba, ir al cine con una chaqueta gris de chéster sobre los hombros. Cuando entrábamos por el portal, solíamos hacerlo bastantes sigilosos, porque casi siempre de entre la hierba o los sacos de pienso, salían curianas e incluso ratones y hasta que no acabábamos con ellos no nos íbamos a la cama.   

Unos, mayores que nosotros, se subían a los pinos que había alrededor de los jardines del Alférez Rojas para ver gratis la película. Su sorpresa era (o la sorpresa de sus madres) cuando se bajaban del árbol y comprobaban que tenían manchados los pantalones de resina, tan difícil de quitar. Otros, se colaban por las vallas de edificios colindantes, hasta que los pillaba el portero. Yo no me colé jamás por los bardales, pero sí me subí en alguna ocasión a los pinos cuando contaba unos once o doce años. Durante los días siguientes a la película que nos gustaba, los chiquillos convertíamos nuestra calle en el campo de batalla donde luchaban los romanos o en el escenario de las películas de indios y americanos, siendo sierra Mágina las montañas del lejano Oeste. Por cierto, luego le cogía a mi padre el sombrero de paja y lo doblaba para que se pareciera al que llevaban los héroes americanos, con la posterior reprimenda por habérselo destrozado.

JASA

viernes, 25 de septiembre de 2020

MIS RECUERDOS DEL MES DE JULIO

 JULIO

El cubo de zinc lleno con agua fresca del pozo en el que flotaba la fruta del tiempo y alguna que otra botella, el gazpacho en una fuente escarconchá de porcelana blanca, la interminable hora de la siesta, la aparición de múltiples esoyones que lucíamos en codos y rodillas pintados de roja Mercromina y los melones y sendrías como postre encima de la mesa, eran las señales inequívocas de que estábamos en el mes julio, en pleno verano. 


 “EL VIEJO” Y EL CAMPAMENTO

En la antigua Travesía de Chirinos que ahora tiene por nombre calle Barco y que se encuentra frente a la hornacina de la Virgen, vivía un vecino llamado Antonio Gutiérrez Medina. Este hombre oriundo de Jódar, perdió el amor de su vida, su novia, y desde entonces dedicó todo su tiempo y su cariño a los más jóvenes, precisamente esos mismos jóvenes de Acción Católica serían los que le apodarían “El Viejo” debido a su diferencia de edad. En 1958 quiso que los niños con menos posibles económicos disfrutaran de unos días de vacaciones y convivencia en campamentos, tanto en la sierra como en la playa. Debido a la proximidad y a la amistad vecinal, Antonio propuso y ofreció a mi madre -en varias ocasiones- la posibilidad de que yo fuese a uno de esos campamentos que serían gratuitos, a lo que ella nunca accedió, no sé si por miedo a que me pasara algo o porque no nos significáramos demasiado con estos movimientos cercanos al franquismo; creo que más bien era por lo primero. En cualquier familia el hijo primogénito es el que les va abriendo las puertas a los que vienen detrás, pero debido a mi corta edad y al temor de mi progenitora, ésa no la pude abrir. Teniendo una oportunidad tan cercana nunca la aprovechamos y nunca fui a campamento alguno, salvo el de la Mili. En la actualidad se continúan llevando a cabo dichos campamentos, hoy enmarcados en las actividades de la JACE.


EL PILAR DE LA FUENTE DE LAS RISAS

El pilar-abrevadero que da nombre a nuestra calle, fue en la infancia de todos mis coetáneos más que un icono. Era la fuente de vida para los años de sequía, porque de sus tres caños había uno que todavía manaba agua más potable que los demás, hoy desaparecido. Era el manantial de agua para el ganado. El mayor tránsito lo tenía cuando las caballerías partían o regresaban del campo, pero también cuando los vaqueros llevaban sus reses a abrevar, tanto por la mañana como por la tarde. Curiosamente todos emitían un silbido peculiar que animaba a beber a los animales, tanto los de pezuñas como los de cascos. La mayoría de los vaqueros coincidían a las mismas horas, que era después de los ordeños, teniendo que guardar su turno. Su organización era improvisada, dado que las vacas entraban por el lado que daba al poniente y salían por el otro, de esta manera no se cruzaban. También fue el agua extra para la limpieza del hogar o para hacer la colada; de hecho y en algunas ocasiones, también bajaban algunas vecinas a lavar allí la ropa. En ocasiones, el pilar se convertía en un lugar de juego, aunque este entretenimiento no les agradaba a los ganaderos y hombres del campo, porque les enturbiábamos el agua y los animales no la bebían. Algunos hasta se bañaban, pero no era muy recomendable por las ovas y las sanguijuelas, pero sí que chapoteábamos, lanzábamos piedras y nos poníamos tupíos. 

JASA


jueves, 27 de agosto de 2020

MIS RECUERDOS DEL MES DE JUNIO

Escuela de Marialao a mediados de los 60 

JUNIO

Junio era el pórtico del tan esperado verano y ya nos ponían a los niños los pantalones cortos y las sandalias, y a las niñas las liberaban de los leotardos y las medias. Mes que era la antesala de las vacaciones al no haber escuela por la tarde y los chiquillos tomábamos la calle. Mes en el que se buscaba el frescor del portal y el agua del botijo, reencontrándonos con el sabor de los alcarciles y el olor a la yerbabuena de los caracoles.

MI PASO POR “MARIALAO”

Mi primer contacto con la escuela fue en la de “Marialao” cuando yo tendría unos tres años. Al comienzo del curso, lo primero que había que llevar antes de nada, era la silla que, para que no la moviéramos, la clavaba a la pared o las asía entre ellas por los espaldares, siendo ése el lugar que ocupábamos durante todo el curso. Una silla a la que, algunas veces, le nacían unos parásitos que nos ponían los muslos encirotaos de picaduras. Cuando “Marialao” comenzó a tener una edad avanzada, quedó toda la responsabilidad para su hija Pepa que unificó en una habitación a los escolares de ambos sexos. Los veranos eran los más divertidos y a la vez complicados, dado que había una avalancha de anjalicos y chiquillos que, para ubicarlos, se ampliaban las clases al portal e incluso hasta la misma cocina. Y lo recuerdo porque cuando su marido tenía que sacar el mulo de la cuadra, los que estábamos allí nos levantábamos para volver a ocupar nuestras sillas cuando el animal ya estaba en la calle. En el patio tenía un bacín por si se presentaba una urgencia, pero las que más lo utilizaban eran las chiquillas, porque nosotros aguantábamos de un tirón; claro, así cuando salíamos a la calle la mayoría meábamos en un poste que había a la vuelta de la esquina. En nuestra cartera, bien de tela o de cuero para los más desahogados, llevábamos lo imprescindible: la pizarra de mano, con tizas o pizarrines que los había blancos y negros, pero curiosamente ambos pintaban de blanco. Aquellos pizarrines se convirtieron en un peligro para los más pequeños, porque se los metían en la nariz y a más de uno había que sacárselos con unas pinzas o llevarlos a la Cruz Roja, por ello fueron prohibidos unos años más tarde; un trapo para borrar las pequeñas pizarras era imprescindible, aunque a veces nos apañábamos con los puños; un plumier, con un piso o con dos, donde iban los lápices junto a la maquinilla de hacer punta, la goma de borrar Milán, que por cierto había algunas que olían a nata e incitaban a hincarle el diente y en más de una ocasión así lo hacíamos; las cartillas de escritura y de las cuentas de la marca Lanzas o Rubio, y si ya eras un poco mayor, disponías de blocs, bolígrafos y El Parvulito que era el paso previo para la Enciclopedia y con esto sabías casi tanto como la maestra. Las niñas -aparte- tenían que hacer labores de costura -sobre todo las mayores- para que el día de mañana fueran unas mujeres de provecho.

Como cualquier escuela de aquella época, lo primero que se hacía al entrar era rezar con una musiquilla muy peculiar y esa misma “partitura” se empleaba para contar del uno al cien, recitar la tabla de multiplicar que, al llegar al nueve, algunos nos faltaba el aire, y rezar el Padrenuestro, la Salve o el Credo. También, como cualquier escuela de esos años, existían los castigos para los más revoltosos o malos estudiantes. “Marialo” tenía una “palmeta” en su mesa que empleaba para impartir el correspondiente castigo sobre las palmas de las manos, bien por propia voluntad o sujetadas por ella en el caso de retirarlas cuando propiciaba el palmetazo. Si era en invierno, ya teníamos garantizadas las manos bien calientes. Su hija Pepa tenía en su lugar una regla de madera. Además, “Marialao” tenía otro castigo para los muy rebeldes, como era ponerlos sentados en los escalones blanqueados de una escalera que subía a las cámaras, con el consiguiente temor que ello suscitaba, porque en esos lugares -aparte de la paja- solían pulular las ratas, vamos, que era ni más ni menos que el “cuarto de las ratas” y su exclamación era: ¡Como no te portes bien, te encierro en el cuarto de las ratas! Hubo un escolar que, debido a sus largas permanencias allí, ya le conocíamos como Juanito “el de la escalera”. Precisamente en la puerta que subía a la cámara, estaba colgada la pizarra de tabla negra. Sobre la mesa de la maestra no había muchas cosas, aparte de una libreta y un lápiz que le sacaba punta con una navaja que tenía en el cajón junto con algunas cosas más, como la temida palmeta. Entre los niños corría un “truco” para combatir el dolor de este objeto disciplinante y era el tener la mano untada en aceite y restregada con ajo; craso error. Con el paso de los años y al entrar a trabajar en El Métrico, descubrí que aquel trozo de tablilla era la mitad de una percha de madera. Siempre que los chiquillos la sacábamos de quicio exclamaba: ¡Y una miércoles! A pesar de todo, a aquella maestra la tuvimos en gran estima todos los que pasamos por su escuela, que fuimos muchos y muchas, siendo la que nos enseñó a leer, escribir, las cuatro reglas, geografía e historia y resolver los primeros problemas.

JASA 



CABAÑUELAS PARA EL FINAL DE 2020. Úbeda y la comarca.

 


Ya nos ha hecho llegar nuestro amigo El Piti las cabañuelas para lo que queda de año y los ocho meses del que viene. Pero como él lo separa en cuatrimestres, pues aquí tenemos el primero, el que corresponde a los cuatro últimos meses del año en curso. Como podési comprobar lo más llamativo es la escasez inportante de lluvias. Esperemos que se equivoque por completo, porque después del año que llevamos, lo que falta es una sequía. Aprovechamos para darle desde aquí nuestra enhorabuena, por los muchos aciertos en las cabañielas del año pasado, salvo en el mes de febrero que echó un borrón, como los buenos pintores.   


martes, 19 de mayo de 2020

MIS RECUERDOS DEL MES DE MAYO


Foto principio de los años 60
(Cedida por Bartolomé Camprubí)

Por JASA

En el mes de mayo de aquellos inocentes años de la infancia, aparecen en mis recuerdos mezclados varios sentidos que aportaban el color de las amapolas junto a las varitas de San José, el olor a la hierba amontonada en los portales de mi casa y el sabor diferente de la leche con su color amarillento, las habas verdes, los altares en las casas junto a una canción que cantábamos y acababa de así: “Con flores a porfía, que Madre nuestra es”.


LA TRAÍDA DE LA VIRGEN DE GUADALUPE


Desde mi nacimiento y hasta entrados en la década de los 70, no supe lo que era ir de romería. En mi infancia sólo recuerdo varios momentos concretos: la visita a la capilla del Hospital de Santiago cuando traían a la patrona y pasaba allí unos días, las visitas a Santa María y la despedida en el mismo hospital por donde pasaba antes de retornar de nuevo a su santuario. Todo siempre de la mano de mi madre y puede que hasta me utilizara como acompañante, porque en aquellos años aún no estaba bien visto que una mujer fuese sola a ningún sitio. Creo que durante su estancia en Úbeda, a la patrona la llevaban sobre unas pequeñas angarillas a la casa de algunos impedidos o enfermos que lo solicitaban. Cuentan varios de mis coetáneos que, por nuestra calle la vieron pasar y entrar a casa de Juan Pedro “Telaraña”, pero yo ya no vivía con ellos. Para que sirva de recordatorio, la traída de la Virgen de Guadalupe a Úbeda se hacía el Domingo de Pentecostés, cayendo así cada año en una fecha distinta; sin embargo fue en esta década (1963) cuando la cofradía adelantó la fecha y adoptó el día 1º de Mayo para su romería y traída hasta Úbeda, siendo entonces su presidente Manuel Moreno Pasquau.

CAÍDA DE UN RAYO


Era domingo por la mañana y llevábamos un año viviendo en el número 76 de la calle Fuente de las Risas. Una tormenta matutina cargada de mucho aparato eléctrico despertó a la vecindad que aún no estuviera en pie, porque un fortísimo estallido hizo temblar todas las casas. Yo todavía estaba en la cama y serían entre las nueve y media y las diez menos cuarto de la mañana. Había caído un rayo unos metros más arriba, precisamente en la casa de Luisa y Antonio, los que tenían la tiendecilla. En esa misma casa y hace unos meses visité a Luisa, ya viuda de Antonio, y me contó lo siguiente: “El rayo atravesó la vivienda desde el tejado hasta los bajos de la casa. Destrozó varias paredes y quemó toda la instalación eléctrica, desplomando de la pared hasta el contador de la luz. Gracias a Dios no hubo que lamentar desgracias personales porque aquel rayo derritió las patas de la cama donde dormía mi hijo Blas, pero lo salvó la obligación de asistir a misa todos los domingos a los Jesuitas”. En la mente de esta familia jamás olvidarán aquella nube de mayo de 1962. La huella de aquel impacto quedó visible en la pared del tejado durante muchísimos años y a pesar de estar pintada, cuando paso cerca de ella aún reconozco el cerco que dejó.