jueves, 2 de marzo de 2017

LA PALMERA DE MARIANA


Los “Caballeros Veinticuatro”, después de un tiempo prolongado apareciendo en estas páginas y en las redes sociales, van a tomarse un respiro, decisión que también agradecerán nuestros gobernantes aunque en estas jornadas quedan a merced de la jocosa satírica del Carnaval. También se lo agradezco yo, porque su lugar lo ocupará mi escrito.  
Cuando llegamos a cierta edad, todo lo pequeño cobra para nosotros mucha más relevancia y valoramos las cosas más insignificantes. Con el permiso de los lectores voy a contar una de esas pequeñas historias.
Un buen día de primavera, brotó una hoja alargada en un cubito de hojalata lleno de tierra que había en el patio de la casa de mis padres. Mi madre dejó que aquello creciera para ver qué planta era. Con el paso del tiempo comprobó que le había nacido una palmera de manera natural sin que ella la sembrara. Conforme iba creciendo la cambiaba de tiesto hasta que acabó dentro de una gran orza, la misma que en mi infancia siempre la había visto repleta de chorizos envueltos en una manteca colorá. La palmera fue alcanzando medidas considerables para el patio y mi madre comprendía que aquel árbol necesitaba un espacio más amplio para que creciera desahogadamente.
Todos los paseos de sus últimos años de vida, mi madre y mi padre caminaban desde su casa hasta la “Paellera” del final del “18 de Julio”. Mientras paseaban por el círculo de ese parque mirador y contemplaban la zona ajardinada, Mariana -mi madre- siempre decía: ¡Mira qué buen sitio para plantar la palmera y así la vería todos los días! Pero la muerte no avisa y aunque lo haga, nunca creemos que sea el definitivo, a pesar de que venga con el documento certificado.
Al poco tiempo de su fallecimiento me puse en contacto con algunos miembros de Parques y Jardines hasta que me llevaron a Rafael Marcos, el jefe técnico del área. Le comenté la idea de mi madre y desde el primer momento me prestó atención, barajando la posibilidad de ubicar la palmera en el lugar que ella quería, aunque posteriormente vimos otros enclaves. Fueron pasando los meses y a mediados de enero un operario del Ayuntamiento llamó mi atención para comunicarme que en breve se podía plantar la palmera, aunque no sería en el lugar que yo le había insinuado últimamente, sin embargo la iban a poner en una esquina de los jardines que circundan la “Paellera” y muy cerca de la calle Fuente de las Risas donde mi madre pasó casi toda su vida. ¡Si es el sito que mi madre quería! -exclamé con grata satisfacción.
El lunes 20 de febrero era replantada la palmera en el lugar que mi madre siempre había soñado. Desconozco los cuidados y los mimos que le tengan los de mantenimiento, pero sin lugar a dudas, éste que les escribe recorrerá con frecuencia el camino que años atrás hacían sus padres, para “echar un ojo” a la “Palmera de Mariana”.

Desde aquí aprovecho para dar las gracias al Ayuntamiento y al servicio de Parques y Jardines por hacer posible cumplir un sueño que ha tardado un año en hacerse realidad, pero se ha hecho y ha permitido que esta planta abandone la soledad de un patio deshabitado, para ser parte de la belleza de nuestra hermosa ciudad.

JASA 




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